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Los humildes abuelos: Vivencias de una familia jíbara durante la primera mitad del siglo XX 
Por: Arq. Norma Elia López de Victoria 


Conocí muy poco a mis abuelos paternos, Antonio murió mucho antes de yo nacer y Estefanía falleció durante el inicio de mi adolescencia. De ella sólo recuerdo su sentido del humor, y las figuras de trapo y de papel que confeccionaba. Sin embargo, la longevidad de sus hijos me ha dado la oportunidad de conocer un poco de sus vivencias familiares. La investigación en archivos me ha permitido complementar sus relatos y determinar cuan plausibles puedan ser estos dentro del contexto histórico de la época. Ambas herramientas me han permitido explicar, comportamientos y actitudes generados en una época que hoy parece muy lejana y distante. 

Precedentes 
Antonio López y Estefanía Santiago fueron hijos y nietos de familias criollas que durante los siglos XVII, XVIII y XIX poblaron Puerto Rico pero nunca conocieron tiempos de desahogo económico. Fueron familias que paulatinamente se empobrecieron; muriendo muchos pobres de solemnidad durante los siglos XIX y primera mitad del XX. Mala planificación, desastres naturales, cambios políticos y económicos fueron factores que favorecieron el empobrecimiento de estas familias que pasaron de hacendados a peones o agregados agrícolas. Antonio; un campesino pobre y casi analfabeto, era nieto de Victorino López de Victoria; participante en la fundación del pueblo de Lares y su tercer alcalde. Este hacendado también ocupó varios cargos de carácter cívico: en el 1829 se desempeñó como comisionado de celador de Barrio; en 1831 fue nombrado ayudante de las milicias urbanas; en 1836, alcalde presidente del ayuntamiento; en 1841 capitán de la primera compañía de urbanos; y en 1849 vocal de la junta de visita; y de la de escuela de educación primaria. Durante su activa vida Victorino aumentó su caudal económico adquiriendo terrenos y propiedades; por lo que su familia tuvo una vida de relativa comodidad. Sin embargo, una de sus mayores preocupaciones lo fue el futuro de sus hijos. Así lo deja saber en su petición de 1849 para relevo de su puesto y solicitud de mudanza: “pesando sobre mis hombros una numerosa familia, á quien tengo que mantener: entre estos seis hijos varones todos, a quien tanto me interesa su educación; la que en esta jurisdicción no es fácil poderla conseguir”. Poco antes de morir hace testamento, repartiendo sus bienes a su esposa y sus trece hijos en partes iguales; siendo el mayor de los varones Manuel Basilio y uno de los menores; Raimundo de Jesús. El caudal de los hijos se iría diluyendo con el paso de los años; por segregaciones a herederos y presiones económicas. La pobreza casi siempre acarreaba con ella la pérdida de prestigio social que se reflejaba en desaparición del título de “Don” y “Doña”, y la acortación de apellidos compuestos. Estos cambios pueden observarse en la redacción de documentos municipales, religiosos y en las transacciones económicas. 
El desplazamiento económico y social de las viejas familias criollas es observable no solamente en las transacciones registradas en los protocolos notariales y en las cantidades anotadas en los padrones municipales de terreno, subsidio y gastos públicos, sino también se evidencian en los usos y tratamientos de los secretarios municipales. El “Don” se deja de atribuir a los descendientes de los codueños de hato. Los acostumbrados segundos apellidos de las familias desaparecen. 
Así lo vemos en la dispensa matrimonial de Manuel Basilio López de Victoria donde este es identificado como Manuel López. Aún su padre, que ocupó diversos puestos públicos, ocasionalmente aparece en documentos de las parroquias de San Sebastián y Lares como Victorino López, Victoriano López o Víctor López. En el caso de la mujer, era más frecuente la pérdida parcial de su apellido. La esposa de Victorino; María Luisa Vélez del Rosario aparece casi constantemente como Luisa Vélez. Manuel Basilio no fue exitoso en conservar el patrimonio heredado. Compró terrenos pero no parece haber sido buen comerciante pues hace negocios perdidosos. En 1866 se casó de 32 años con una prima hermana; María de la Cruz Vélez Vera de 26. Posteriormente se muda a Arecibo donde tuvo un negocio de comida o pulpería; aquí tampoco las cosas le fueron bien. En Arecibo Manuel Basilio perdió todos sus haberes, incluyendo cinco de los siete hijos que procrearon. Sobreviviendo, Zoila y Antonio. Manuel Basilio regresará a Lares y allí vivirá el resto de sus días, dedicándose a trabajos manuales de madera. Manuel Basilio muere en Lares en1887, víctima de urcinariasis dejando a Antonio huérfano a los cinco años. A esa edad Antonio se convierte en el “hombre de la casa” con la responsabilidad implícita (según era la costumbre) de velar por su madre y hermana. Es posible que comenzara a trabajar a partir de su orfandad, práctica común entonces; para complementar el ingreso si alguno, que podía generar su madre. María de la Cruz Vélez del Rosario muere en 1895 a causa de pulmonía. 
Hijos de la orfandad, el niño Antonio y su hermana Zoila pasaron a vivir con su tío Raimundo López de Victoria y su familia. Era afortunado el niño huérfano del cual algún pariente o vecino se ocupaba, aún cuando fuera para trabajar como peón o empleado doméstico. La otra opción era la intemperie, pero el clima húmedo y frío de la montaña no favorecía la sobrevivencia. Un techo y algo de comida literalmente liberaban al niño o niña de la posibilidad de no tener “donde caerse muerto”. Con la ausencia paterna atrás quedó la posibilidad de una educación básica. La preocupación de Victorino en 1849 por la dificultad en obtener educación para sus hijos tomó forma en su nieto Antonio, que apenas logró aprender a leer y escribir. La necesidad de trabajar para sobrevivir con frecuencia impedía a los jóvenes asistir a las limitadas escuelas que había. Algunos maestros ofrecían sus servicios a las familias pudientes para enseñar las destrezas de lectura, escritura y matemáticas durante la primera mitad del siglo XX. Una de esas maestras era Antonia Castón que también enseñaba a personas sin recursos económicos. Gracias a ella Estefanía y Antonio lograron adquirir rudimentos sencillos para su sobrevivencia. 

El café 
Con la familia del tío Raimundo, el huérfano Antonio forjó un vínculo de vida que fue referencia obligada de sus hijos. Este era un hacendado de mediana riqueza que cultivaba café y frutos menores; además de algún ganado, aves de corral, cerdos, y cabras. También producía miel y queso para la venta. Toda la familia debió trabajar en alguna faena de los cultivos. En 1910 Raimundo era el único hijo de Victorino que todavía mantenía parte o toda la tierra heredada de su padre además de otras adquiridas posteriormente. Para esa fecha poseía en Lares 3 fincas: 2 en el barrio Pueblo, una de 38 cuerdas con 2 casas y otra de 56 cuerdas con 1 casa, y demás construcciones. En el barrio Espino tenía 58 cuerdas y media. Esta última debe ser la finca conocida como “Ceiba”, que para 1891 aparece con 55 cuerdas. En San Sebastián tenía una finca de 40 cuerdas con su casa. Su economía era diversificada, permitiendo a la familia autonomía alimentaria; pero era el café la principal fuente de ingresos. Su vivienda estaba localizada en el barrio Pueblo y según Elías, el lugar conocido como “el valle de Don Mundo”; era una de las áreas más lindas del pueblo; extendiéndose desde lo que sería la escuela Aurelio Méndez hasta el antiguo cementerio; y sembrada de cítricos. La casa, que aún perdura, tenía dos niveles en madera y concreto. No conocemos su fecha de construcción pero la estimamos hacia finales del siglo XIX o inicios del siglo XX; sobre los cimientos de otra más antigua. El nivel superior contaba con varias habitaciones, balcón, sala, comedor y cocina. Aunque fuerte, y bien proporcionada, nos resulta pequeña, según los estándares actuales ya que Raimundo tuvo más de 10 hijos. El nivel inferior; con piso de tierra era usado para almacenaje del café. La industria del café era una volátil por las fluctuaciones del precio y lo delicado del cultivo; muy susceptible a malograrse. El arbusto de café tarda entre cinco y siete años en producir fruto; retardándose la ganancia producto de la cosecha. En el cultivo tradicional era necesaria una cubierta de árboles que proveyera sombra como guamá, guaba, moca, china y guaraguao; que propiciaban una temperatura fresca. Mientras tanto, el agricultor debía estar atento a las plantas para controlar o eliminar plagas, problemas con el suelo, o el clima. Un huracán podía ser catastrófico al causar la pérdida de la cosecha o la destrucción de la vegetación que protegía al cafeto del sol. Una vez cosechado, lo precario de la transportación a la costa hacía difícil el transporte a su mercado. En el cultivo del café el crédito era necesario para los gastos de mantener la siembra. Por lo general los comerciantes proveían el capital para la extensión de la siembra, compra de productos y equipo. La liquidación de las deudas se efectuaba al finalizar la cosecha. Entonces el agricultor entregaba al comerciante parte del grano recogido para pagar la deuda, y la otra parte se la entregaba para su colocación en el mercado, aceptando el precio que el comerciante fijase para su venta. En ocasiones se ponía en garantía el título de la propiedad, que se devolvía al agricultor cuando se liquidaban las obligaciones. El café era una de las industrias que peor pagaba. Según el Instituto Brookins el salario promedio en una plantación de café era de 50 centavos diarios. El empleo sin embargo estaba ligado a las cosechas. La recogida de café empezaba a finales de agosto o en septiembre y terminaba en diciembre o enero. Fuera de la época de cosecha el trabajo disponible era la mitad de lo que había durante la cosecha. Las labores incluían plantaje, cuido y cosecha de guineos, chinas, viandas y otros frutos menores. También se trabajaba en la preparación de carbón vegetal. Muy cercana a la casa de Raimundo estaba una estructura de madera o casa de máquinas de dos niveles usada para procesar el café. El almud de café se llevaba al nivel superior y de allí se vertía a un gran embudo que por un sistema de engranajes conectaba a una despulpadora movida por bueyes. En ese proceso el grano perdía su cubierta roja. Ya en en el nivel inferior y sin la cubierta, el grano pasaba a unas piletas con agua para lavarse y sacarle la parte blanda. El agua se traía por medio de canales de una ciénaga cercana. El secado del grano se hacía en una explanada o glacis aledaño a la casa de máquinas y frente a la vivienda principal. Luego venía el secado, pilado y remoción de residuos. No sabemos donde se alojaron inicialmente los dos hermanos. Según la tradición oral, Zoila, que debió trabajar en las labores domésticas, murió joven de tuberculosis sin dejar descendencia. En el 1910, Zoila ya no aparece en el censo poblacional de ese año por lo que asumimos que había fallecido. Su partida de defunción no se ha podido localizar. Antonio sobrevivió y trabajará toda su vida como jornalero, aunque con un sistema respiratorio frágil. Uno de sus hijos aún recuerda que cuando azotaba la gripe, Antonio quedaba postrado durante varios días, inhabilitado para trabajar. En dicho censo Antonio aparece viviendo con la familia de su tío en calidad de “pensionado”. Un jornalero era aquella persona que trabajaba por un jornal diario y que durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX se les conocía como peones, o braceros. La gran mayoría de estos trabajadores no poseían terreno alguno y dependían de que se les permitiera vivir en terrenos de algún hacendado; llamándosele agregados o arrimados. Hacia la tercera década del siglo XX, Puerto Rico era descrito como una sociedad mayormente rural donde la mayoría de los obreros agrícolas no tenían tierra: “It is a country where the masses depend for their right for a place to live, to raise a garden or to keep a cow, a pig, a goat, or a chicken upon the good will of the landowner”[…] Los agregados no pagaban renta al dueño de la finca pero carecían de derecho de ocupación y siempre existía la posibilidad de un desalojo. Además quedaba la obligación de trabajar en la finca siempre que se le solicitara. Uno de los sueños del jornalero sin tierra era llegar a poseer unas cuerditas. “Estar desposeído de la tierra equivalía a estar en el escalón más bajo de la organización social.” Durante la cosecha de café la familia del agregado debía trabajar en la recolección del mismo. La jornada de trabajo empezaba de madrugada. Los niños también trabajaban recogiendo el grano del suelo y escogiendo el grano en la fase de clasificación. La tarea de recoger café se pagaba por almud cosechado. El trabajo duraba de diez a doce horas diarias y el promedio de almudes por trabajador era de seis. El pago por almud fluctuaba según la cosecha y las condiciones económicas en general. En Jayuya, por ejemplo para 1917 se pagaba a14 centavos; mientras en Lares se pagaba a 12 centavos. Aún así, se ganaba mucho más durante la cosecha del café que en el resto del año, cuando la paga por talar, cosechar o cargar frutos menores podía ser de 25 centavos diarios. Antonio trabajó en casi todas las fases de la producción del café; desde recogerlo de la planta hasta pilarlo y ventearlo. Su trabajo comenzaba desde las 3 de la madrugada y duraba buena parte del día a cambio de hospedaje y alimento. Una vez recogido el café, pesado, y clasificado, se procedía la fase de despulpe o remoción de la cáscara roja en la casa de máquinas. “Sólo algunos trabajadores con mayor experiencia o de confianza, se empleaban en el lavado del café, en la máquinas para despulparlo y en la pilación.” Su jornada comenzaba buscando las lonas donde colocaría los granos mojados; ya despulpados. Pero antes, debía lavarlos, removiendo la capa blanda y babosa. Una vez despulpado; en el grano fermentaba durante las primeras doce a veinticuatro horas, generando calor suficiente para a facilitar la eliminación del mucílago que lo cubre. El proceso necesitaba agua abundante que se vertía sobre los granos, ayudándose con los pies en la remoción de la capa blanda. Luego los colocaba sobre el glacis para que secaran; siempre pendiente de que secado fuera uniforme y no se mojaran más para entonces guardarlos. Esta era una labor sensitiva que afectaba la calidad final del café. Una vez secado el grano, se removía una última cubierta semejante al papel pergamino utilizándose un pilón grande hecho con el tronco de un árbol. Mucho tiempo después le relataría a sus hijos como veía el cometa Halley en el cielo de la madrugada. Era entonces 1910; el año que Antonio dejaría la casa de su tío para casase con Estefanía Santiago. 

Vida familiar 
El matrimonio se efectuó el 6 de agosto de 1910; él con 29 años y ella con 22. Fueron testigos don Raimundo y José del Carmen López de Victoria. También estuvo presente el padre la novia; José del Carmen Santiago Colón. Aunque Antonio declara en el documento civil que no hay parentesco con la novia; el acta de matrimonio de la iglesia menciona una dispensa de parentesco en tercer grado de consanguineidad. Estefanía era biznieta por vía materna de don Miguel López de Victoria y Tomasa Irizarry. El primero, hermano de Victorino; fue teniente a guerra y alcalde de San Sebastián del Pepino. El documento de boda es el único conocido donde Antonio aparece con su apellido completo: López de Victoria; posiblemente persuadido por su tío para incluir la totalidad del apellido. Quizás por su condición de pobreza o por la ausencia de la figura paterna, Antonio se identificará a sí mismo como Antonio López. Ambos novios compartían lazos familiares, el caudal venido a menos y la experiencia de la orfandad. La madre de Estefanía; Estefanía López Polanco había muerto a los 42 años, víctima de anemia, dejando a su esposo José del Carmen con cuatro niñas que mantener. La muerte temprana de uno de los cónyuges y la consiguiente orfandad era una penuria frecuente en el área de la montaña ante las difíciles condiciones de vida. La mayor de sus hijas; Juana, que tendría alrededor de 25 años sirvió de madre a sus hermanas, siendo Estefanía la menor, con sólo siete años. El joven matrimonio fue a vivir a un bohío de tabla de palma en la finca del tío Raimundo. El área pertenecía al barrio Pueblo y al sector también se le llamaba Barranca o Barranco. Allí nació Genaro Antonio en 1911, Luis Vicente (1913), Leonor (1915), Guillermo (1917), mi padre Elías (1921) y Cecilia del Carmen o Mita (1923). Para Antonio, la muerte de cinco hermanos debió servir como advertencia de la importancia de los hijos ante la mortandad rampante. Alrededor de 1924 la familia tuvo que mudarse ante la construcción de la escuelita Aurelio Méndez en el solar que ocupaban, actualmente frente a la carretera número 111 de Lares a San Sebastián. Se trasladaron llevándose la casita, a la base de una ladera del cerro Borínquen muy cerca de una explanada donde se construiría un parque atlético con gradería descubierta para el público a ver los juegos de beísbol entre el equipo de Lares y otros pueblos. Elías recuerda que en época de juego, ocasionalmente la casita recibía un pelotazo desde alguna de las bases del parque. El cerro Borínquen era un mogote compuesto de material conocido como “tosca” y era susceptible a deslizamientos o derrumbes. Al otro lado; por encima de la casa pasaba un camino que subía el cerro quedando la casita semi oculta por la altura del camino en relación a la vivienda. Sin embargo era visible a los niños que caminaban hacia la escuela, que ocasionalmente se divertían tirándole piedras al techo familiar. Por lo general las casas de los agregados se ubicaban en el pedazo de tierra de menor valor a la agricultura, ya sea por su inaccesibilidad o por su geografía rocosa o escarpada. No era raro que este tipo de vivienda se construyera con lo que el trabajador recolectaba en el vecindario. La frágil construcción protegía contra el sol y la lluvia, pero necesitaba reparaciones constantes. El bohío; levantado sobre socos y con paredes de madera de palma era albergue de todo tipo de sabandijas; que a su vez eran cazadas en la noche por múcaros. La fachada principal tenía una puerta; con una aldaba de hierro y no tenía ventanas. Por los huecos de las paredes entraban los primeros rayos de luz en la mañana que despertaban la familia. Antonio fue pobre toda su vida, viviendo en la finca de su tío y recibiendo algunos centavos a cambio de su trabajo como bracero agrícola. Su faena comenzaba con una taza de café puya (negro y sin azúcar). El café se colaba junto a semillas de la planta silvestre conocida como “hedionda”. Las semillas de la planta se tostaban y se molían junto al café, rindiendo más del preciado grano. A media mañana era el momento para “la parva” que consistía de alguna vianda con una taza de café, colado por segunda vez. Alguno de los niños o Estefanía llegaba con la parva alrededor de las 10 de la mañana. A las 3 de la tarde se tomaba café nuevamente. Se almorzaba según la disponibilidad de alimentos que hubiera. Estefanía también trabajaba en la finca en un sistema de “agrego”, que consistía en dividir cosechas sin que mediara dinero. Finalizada la extracción de batatas, la abuela pedía permiso para sacar aquellas que se hubieran quedado sin extraer. Con un saco, una coa, y junto a uno de sus hijos “peinaba” la tala, hundiendo la coa en la tierra y sacando el tubérculo. Una vez terminado el proceso, se vaciaba el saco y se examinaba su contenido. El dueño de la finca se quedaba con las batatas grandes y la mitad de las pequeñas, y Estefanía se quedaba con el resto. En cuanto a ropa, se vestían del ajuar usado que otras familias desechaban. Estefanía cosía remiendos y hacía ajustes de costura a la ropa recibida. También improvisaba soluciones en situaciones especiales. Contaba Elías que para su primera comunión debía desfilar con traje blanco; lo cual era imposible adquirir. Su madre entonces solucionó el problema cosiéndole un trajecito con tela blanquecina de un saco de harina. Los zapatos no llegarían hasta muchos años después. Una pieza que Elías recibió siendo muy niño fue una sotana de monaguillo, la cual disfrutó sin inhibición alguna. Una vez en la escuela, sin embargo, el estudiante que llevara ropa grande o mal entallada era objeto de burla por grandes y chicos. Los pobres recibían las piezas solamente por una necesidad apremiante, que retaba su orgullo de poder sostener la familia pero al hacerlo, se convertía en motivo de menosprecio aún por sus pares. Una década después, cuando el gobierno comenzó a repartir ropa el populacho no tardó en sacar unos versos para ridiculizar aquellos que usaban ropa regalada: los calzones de la PRERA / se conocen donde quiera / porque tienen dos bolsillos / y no tienen relojera. Con la llegada de Miguel Ángel (1925), Francisca (1927), y Catalina (1931); Antonio amplió la casita y le construyó una división para que separar los adultos de los niños. No había puertas. Una segunda pared separaba las habitaciones de la entrada a la casa. En esa pared colgaba un rosario y bajo éste, una mesa que también se utilizaba para rezarlo. También había una tablilla sobre la cual descansaba una imagen impresa de San Antonio y un crucifijo de madera. Por las noches allí se colocaba una vela. Había uno o dos libros, todos religiosos, siendo Año cristiano el único cuyo título los hijos recuerdan. El mobiliario era escueto: un catre, un camastro con travesaños cubierto de tela de saco donde dormían los niños, la mesita, un banco de madera construido por Antonio y un ture donde se sentaba a tejer canastas. Estas eran usadas para recoger café y se hacían con ramas tiernas de pomarrosa para venderse a 8 centavos. El hijo mayor dormía en una hamaca en la sala. Cuando el abuelo materno; José del Carmen Santiago visitaba, traía su hamaca y también dormía allí. La cocina estaba bajo un voladizo en el fondo. Tenía un fogón que consistía en una mesa fuerte con una tabla inferior para colocar leña y un tope. El tope estaba protegido por los cuatro lados con madera o planchas de metal. Allí se colocaba una capa de tierra que se endurecía, y sobre esta, tres piedras; sobre las que se cocinaba. Estas eran lugar de descanso de algún gato o gata que no podía faltar en la casa. La comida se preparaba en un caldero de hierro y se consumía en “ditas”. La hoja de la planta de maya servía como cuchara y como complemento para líquidos no faltaba alguna lata de metal. La alimentación era casi completa de tubérculos, frutas y algunos vegetales. Detrás de la casa se sembraron 2 árboles de panapén, así como china y toronja. También había un arbusto de café. En un lado había un arbusto de granada, y hacia el frente, uno de corazón. No podía faltar tampoco una mata de plátano.Los animales de corral se limitaban a algunas gallinas y a veces un cerdo. El cerdo, cuando se criaba; era exclusivamente para la venta y no para consumo, y se alimentaba con las sobras de comida y el llamado bejuco de puerco. Rara vez se consumían las gallinas; pues sus huevos se utilizaban como pieza de cambio en la tienda para adquirir artículos necesarios como hilo, velas, jabón, leche y arroz entre otros. En la casa, Antonio hacia trabajo en el huerto, preparaba canastas y cuando podía confeccionaba tiples y cuatros para lograr algunos centavos adicionales. En cuanto al agua, el líquido se recogía en latones de galletas y aceite, haciendo varios viajes en un día a uno de 2 pozos no muy distantes. El primero era el de los cafetos y se encontraba dentro del cafetal, a un lado del cerro Borinquen. Su agua tenía buen sabor y color. El otro, lo llamaban el pozo de la palma y su sabor era salobre. Este se conectaba con humedales, viviendo allí multitud de sapos, mariposas y martinetes. Este pozo era utilizado por el ganado y otros animales del área. En sus orillas crecían de manera silvestre, berro y malangas; estás últimas servían de alimento los cerdos de la finca. De niño, Elías recogía berro y lo vendía en el pueblo. Era un paisaje idílico que disfrazaba la miseria de la familia. Uno de los recuerdos de Elías incluye una expedición en noche de luna al pozo de la palma con su madre buscando malangas. Mientras Estefanía tanteaba con el pie el suelo del humedal para no hundirse, el niño hacia guardia vigilando que nadie los sorprendiera. Entre pequeñas y grandes recogieron alrededor de diez malangas, y tuvieron comida para dos días. Su hermano menor, Miguel Ángel recuerda la ocasión cuando pudo recoger una gallina que un coche había matado en el camino y se la llevó a su madre. Ese día comieron asopao. Por lo general proveer alimento diario a la familia era un reto aún para los niños que hacían su parte de tareas para sobrevivir. Estos trabajaban ayudando a sus padres; vendían legumbres, recogían café, buscaban leña para cocinar, cuidaban los animales, barrían y cuidaban la casa. El hijo mayor; Antonio comenzó de muy joven a trabajar junto a su padre en la faena agrícola. Guillermo trabajaba en la casa de José del Carmen a cambio de alimento y posiblemente también Vicente. No obstante el esfuerzo; el espectro del hambre permanecía en la casa como una sombra; aún con el trabajo de la familia. Elías recuerda que de pequeño; su padre lo llevó a la iglesia y le pidió al párroco que se hiciera cargo de él; era inteligente y podía llegar a ser cura si lo alimentaban y educaban. El sacerdote se negó y Antonio; resignadamente y sin decir una palabra llevó al niño de vuelta a la casa. Antonio y Estefanía eran profundamente religiosos, de asistencia regular a la misa y rezo diario del rosario. En más de una ocasión Antonio peregrinó descalzo desde Lares hasta el Santuario de la virgen de la Monserrate en Hormigueros, subiendo de rodillas su escalera. Dentro de la pobreza agobiante que vivió Antonio aún es recordado por sus hijos como una persona de fuerte convicción espiritual y profundo celo ético. El Domingo de Ramos llegaba a la iglesia cargado de hojas tiernas de palmas para su bendición; no sin antes haber pedido permiso a los dueños de las fincas para entonces cortarlas. Esos valores no le permitían apropiarse de animal de corral alguno que llegara a la casa; hasta encontrar su dueño y entregárselo, aun cuando su familia no tuviera que comer. Antonio asumió su pobreza con dignidad, sin que saliera alguna queja o recriminación ante las condiciones de vida que el destino le había forjado. La vida en el campo transcurría lentamente, ayudada por la ausencia de vehículos de motor. Sólo unos pocos tenían carruaje de caballo o automóvil. Caminar era la principal forma de transporte de la población seguida por el uso del caballo, para aquellos que podían comprarlo. Era común caminar de un pueblo a otro, y mientras se caminaba o se trabajaba; cantar o entonar alguna copla. Se cantaba para expresar los sentimientos, por tedio, por burla, alegría o por dolor. El campesino escuchaba canciones que debía memorizar y cantando, algunas pasaban de generación a generación. De madrugada; en la casita podían escucharse canciones que provenían de los trabajadores de una panadería cercana temprano en su faena. Aún recuerda los versos cantados por un peón en ruta hacia San Juan. De niño; en ocasiones Elías ayudaba a los peones en un camión cargado de productos agrícolas de camino a San Juan; por lo cual recibía alimento. Uno de los versos recordados abordaba la añoranza hacia el ser querido: / Me subí en un alto pino / a ver si la divisaba / y el pino como era fino / al verme sufrir lloraba/. 
Junto a las actitudes religiosas tradicionales convivían otras creencias y supersticiones de origen sobrenatural; posiblemente europeo. La presencia de duendes y brujas era real; eran instrumentos de lo malo cuyo propósito era molestar e incomodar en la vida diaria. Los aparecidos también eran reales, y podían verse hasta en su propio entierro. La mordida de un lagarto era un asunto serio; pues este no aflojaría la boca, hasta que no se oyera un trueno; las frutas nuevas no debían señalarse; pues entonces caían sin haber madurado; y así otras tantas. Estas creencias otorgaban otra dimensión a eventos cotidianos; pero la fe religiosa del matrimonio era capaz de disipar cualquier incomodidad o perturbación. 
El carácter apacible de Antonio guardaba resabios de antiguo orgullo; lo que debió contrastar con su condición de vida. En momentos de gran frustración utilizaba como blasfemia la frase “maldita sea la Majestad”; posiblemente en alusión a la monarquía española. En una ocasión dos de sus hijos; Guillermo y Elías, entonces niños, fueron sorprendidos robando aguacates de la finca cercana para venderlos en el pueblo y así obtener algunas monedas. Los niños fueron llevados a la casa del hacendado donde recibieron golpes por su falta y se llamó a Antonio. Tuvo que escuchar la recriminación de que criaba delincuentes y allí comenzó a darle correazos al hijo mayor. Cuando el otro niño le dijo que ya habían sido castigados; reaccionó indignado y le reclamó al hacendado, que sólo él como padre tenía la potestad de disciplinar a sus hijos físicamente y nadie más tenía derecho a poner una mano sobre éstos. Miguel Ángel recuerda un evento; cuando fue hasta la casa de los primos con su hijo mayor y un machete porque llegó a sus oídos que decían que él se había robado unos frutos. Se paró frente a la casa machete en mano para conocer quien había dicho tal cosa; pero afortunadamente nadie salió de la vivienda. Con la muerte de don Raimundo en 1927, su finca fue segregada entre sus 10 hijos vivos y los herederos de dos fallecidos. Para esa fecha Raimundo solamente poseía una finca de 58 cuerdas y media en el barrio Pueblo donde estaba la casa familiar. Gradualmente había ido vendiendo o segregando para sus hijos las tierras. Cuando alguno de ellos se casaba recibía una finca o pedazo de tierra de su padre. Como era la costumbre cada finca se le otorgaba un nombre; algunos de los cuales eran “La afrenta”, “Las 10 cuerdas”, “La pieza larga” y “La esperanza”; esta última pertenecía a Gerardo. En la repartición de los bienes al año siguiente cada hijo recibió de cuatro a nueve cuerdas de tierra a orillas de lo que hoy conocemos como calle Albizu Campos. Los hermanos María del Pilar, Jesús María y Edelmiro cedieron sus tierras heredadas a Gerardo; que heredó la casa familiar y buena parte de las tierras, convirtiéndose en la figura dominante de la familia. Una de las clausulas del testamento de don Raimundo era un donativo de treinta dólares a “los pobres de Lares” para distribuirse según le había indicado a uno de sus hijos. Es posible que se refiriera a su sobrino Antonio ya que después de la muerte de su tío, este recibió un cuadro de terreno con un área de alrededor de la cuarta parte de una cuerda. Revisando protocolos notariales y documentos del Registro de la Propiedad de Lares, encontramos una transacción del 6 de mayo de 1928 donde aparece Antonio comprando a su primo Gerardo un cuadro de terreno por la cantidad de 25 pesos. Dicha venta, sin embargo parece improbable, dada la miseria del comprador. Según sus hijos Elías y Miguel Ángel, Antonio nunca llegó a manejar esa cantidad de dinero. Es posible que ese sea el origen del terreno que Antonio recibió después de la muerte de don Raimundo. Allí Antonio preparó un huerto y sembró entre otras cosas, tomates, hinojo, repollo, lechuga, y varios árboles de mamey. 

San Felipe 
El huracán San Felipe azotó a Puerto Rico de este a oeste el 13 de septiembre de 1928 con vientos de hasta 160 mph. En algunas regiones el paisaje de desolación y ruina causada por el huracán fue comparado a los campos de batalla de Francia durante la Primera Guerra Mundial. Tres días después del siniestro, el alcalde de un pueblo pequeño se quejaba de que los campesinos estaban ... “viviendo a la intemperie, debajo de los árboles, en albergues improvisados con los restos de sus viviendas o en grutas y cuevas. [...] Una caravana interminable compuesta de hombres, mujeres y niños escuálidos y enfermos, semi desnudos y descalzos invade diariamente la Casa Ayuntamiento en busca de alimentos.” Elías; que entonces tenía 7 años, recuerda que durante el huracán la familia se refugió en la casa de don Gerardo; acomodándose las mujeres y los niños en el piso de la cocina. Inmediatamente que amainó el viento, Estefanía salió y recogió todas las gallinas ahogadas que encontró llevándolas a la casa del dueño de la finca, y estas se prepararon para dar a comer a todos los que allí se habían refugiado. Don Gerardo acordó que la familia de Antonio recogiera del suelo todos los granos de café caídos por el huracán, repartiéndose lo recogido entre ambas familias. La tormenta causó algunos daños a la casita de Antonio y Estefanía, como la pérdida de planchas de zinc, y alguna pared, pero ésta no fue arrasada y pudo reconstruirse. Posiblemente el cerro contiguo a la casa la protegió de los vientos más fuertes y su total destrucción. La casa tampoco tenía objetos de valor económico. Sin embargo las aves de corral se ahogaron. En el pueblo de Lares los daños fueron cuantiosos: en la zona urbana quedaron destruidas 33 casas y 22 bohíos; y sufrieron daño 122 casas y 65 bohíos. De los edificios comerciales y/o industriales fueron destruidos 4 edificios y 27 sufrieron daños. Se reportaron 14 pulgadas de lluvias; menor que la cantidad de 29 pulgadas que cayó en la Isla, sin embargo, el daño a la industria cafetalera fue nefasto. El café fue el más castigado los productos de Puerto Rico recibiendo pérdidas de un 80 por ciento de la cosecha y un 70 por ciento de los cafetales. Ese año se esperaba la mayor cosecha en la historia de ese cultivo desde la ocupación americana. San Felipe destruyó 10 millones de dólares en café, además de las pérdidas en almacenes, viviendas de cafeteros, cafetos y grandes árboles que daban sombra a las plantaciones; muchos de ellos árboles frutales. La industria del café resultó muy afectada a causa de las hipotecas que tenían las haciendas cafetaleras; que utilizaban la cosecha como garantía de pago. Los cafetales fueron descritos como “un montón de basura cubierto con una espesa capa de hojas y de troncos de árboles.” El daño a la producción cafetalera se sintió por años; tomando en cuenta que la vegetación protectora del café tarda alrededor de 6 años en reponerse completamente, mientras el arbusto del café tarda de 5 a 6 años en madurar. Si en 1926 se exportaron en Puerto Rico más de 26 millones de libras de café, en 1928 sólo se exportaron 7 millones, y en 1929 un millón y un cuarto de libras. Como si no fuera suficiente se perdieron las cosechas de frutos menores, y la mayoría de los animales de corral. Ante la cantidad de gente sin techo; el municipio de Lares cedió el terreno donde estaba el parque atlético administrado por la Liga de Beisbol para que la Cruz Roja construyera viviendas a los más afectados. Allí se construyeron 36 casas de madera de pino y techo de metal corrugado en 4 hileras de 9 unidades. Las “casas” en el nuevo vecindario conocido como “San Felipe” consistían de un solo espacio; sin cocina, o habitaciones. Solo suficiente para guarecer a una familia de la inclemencia del tiempo. El informe de la Cruz Roja enfatiza la construcción de facilidades sanitarias en las casas. El lugar quedaba entre el camino hacia el pueblo y la casa de Antonio; como a 100 pasos de esta. Allí fueron a vivir los pobres de los pobres, familias marginadas; agregados acostumbrados a vivir en relativo aislamiento en terrenos de hacendados. Al desaparecer toda fuente de alimentación y cobijo se encontraron en la intemperie. Las nuevas condiciones de vida en San Felipe; el hacinamiento y la ausencia de una estructura para ganarse la vida propiciaron otras formas de interacción social que fueron nuevas para los niños. A pesar de la cercanía Antonio y Estefanía no se integraron a la comunidad, siendo selectivos en las relaciones que entablaron con los vecinos. Durante muchos años, todas las mañanas hombres y mujeres de San Felipe bajaban hasta el pueblo buscando sustento para vivir. Había tres formas de conseguirlo: algún trabajo, en actividades delictivas o pidiendo limosna. Para aliviar la situación algunos comerciantes del pueblo, colocaban frente a su negocio una caja llena de centavos para repartir a los necesitados. Estos debían colocarse en fila para recibir un centavo por persona. Aunque el huerto de Antonio, permitía a su familia tener mayores recursos alimentarios; tuvo que compartirlos con los vecinos. No era inusual la desaparición de los mameyes, las lechugas sembradas y alguna que otra gallina. 
Los niños sin embargo, encontraron nuevos compañeros de juego. Miguel Ángel y Elías aún recuerdan a Juan Acevedo y Juana González, Juan Arce, Juan y María Avilés, María Centeno de Nieves, Hermenegildo Ramos, Villa Soto, Tina Arroyo, Carmen Torres, Carmen López, Indalecio Ramos, la familia Miranda y la familia Borceví entre otros. 

La casita 
La debacle del huracán acentuó tensiones familiares y económicas; afectando particularmente a Gerardo; que perdió toda la cosecha del café. Tal vez en busca de otras opciones económicas Gerardo comenzó un sembradío de caña de azúcar que arropó la casita de Antonio y su familia, aislándola de su entorno. Gerardo comenzó a presionar a Antonio para que se mudara a su cuadro de terreno y se fuera de la finca, de la cual era el nuevo dueño. A consecuencia del huracán y la miseria que provocó el fenómeno ambas familias debieron encontrarse agotadas física y económicamente. La anécdota de una vaca ahogada durante el huracán en un humedal cercano nos da una idea del sentido de pobreza, indefensión e inamovilidad que arropaba a la población. La fetidez del bovino llegó hasta la plaza del pueblo, y nadie la enterró o dispuso de ella hasta que se convirtió en un montón de huesos; quedando el evento grabado en el recuerdo de los niños. Quizás era porque carecían de los recursos materiales o fortaleza física para mudar la pequeña casa; o tal vez porque se cansaron de obedecer; pero Antonio y su familia se negaron a mudarse. Antonio era dueño de la casa que habitaba aproximadamente desde antes de1924, pero no era dueño de la tierra. Una familia viviendo en una tierra que no les pertenecía podía ser un estorbo para lograr un buen precio en una venta de terreno. Dicha situación no era inusual entonces. El hacendado podía sacar un jornalero que hubiera construido su choza en su finca si así lo deseaba. Ante esa situación el jornalero podía desmontar la casa y llevarse los materiales, o venderlos al dueño de la finca y abandonar la propiedad. Por otro lado los vínculos familiares podían convertirse en una carga para el pequeño hacendado que tuviera viviendo en la finca parientes que no le fueran de utilidad: 
It is becoming increasingly difficult for the jíbaro to find a place to live. He is not wanted unless absolutely needed. One large landowner remarked, “the little landwoner has many relatives”. The resident laborer, or agregado, may be a burden. And where labor is plentiful and to be had at will, there is no inducement for the landwoner to provide him with a place for residense. 
Comenzó un proceso de hostigamiento para que se fueran y movieran la casa al cuadro de terreno que habían obtenido tras la muerte de don Raimundo. Dicho terreno quedaba a una distancia aproximada de 60 pasos desde la colindancia de la casita de madera; en un terreno más empinado y cercano a San Felipe. Por el norte colindaba con las tierras de Gerardo, al sur con la finca de Justo Méndez y al oeste con la finca de Francisco Vilella. A pesar de la presión, la familia rechazó mudarse produciéndose un tranque entre ambos. Según Elías, el ansia de sacarlos llevó a Gerardo a ordenar que se cegara el pozo de los cafetos, obligando a la familia a tomar agua del pozo salobre. También trató de confiscar cultivos de Antonio alrededor de la casita. 
Hasta el fin de sus días Gerardo los visitaba regularmente intimidándolos para que se fueran. Estefanía tuvo un rol protagónico en el drama de la casita; defendiendo con verbo ágil el no moverse. La diminuta mujer no temía enfrentarse a Gerardo y reprocharle el trato dado a su esposo, alegando que toda su vida Antonio había trabajado como un esclavo y no merecía que lo sacaran del lugar. No titubeaba al reclamar por todo aquello que entendía tenía derecho. Antonio sin embargo guardaba silencio, tal vez por un sentido de orgullo, o tal vez por respeto a su primo. Las condiciones de vida tuvieron un efecto debilitante en la salud de Antonio que paulatinamente fue limitando su actividad física y obligando a Estefanía a liderar las labores del sustento familiar. Machete en mano no dudo en defender el modesto racimo de plátanos que alimentaba a sus hijos si alguno alegaba de su pertenencia. Estos eventos quedaron grabados en los niños como cicatrices, particularmente los de mayor edad; durante sus vidas. Gerardo sin embargo, también tuvo su cuota de tragedias familiares y económicas. Se encontraba totalmente endeudado; ya que el 12 de mayo de 1928 había hipotecado la finca heredada y tres más que poseía; al comerciante Enrique Marchese Lajara por tres mil dólares. El desastre de San Felipe y la pérdida de la cosecha imposibilitaban el pago de la obligación financiera. Sobre Gerardo; principal heredero del haber familiar, debió pesar la responsabilidad de continuar el legado de su padre. Era el deseo de don Raimundo que los inmuebles que heredaban sus hijos permanecieran siempre dentro de la familia, o con parientes inmediatos y no se enajenaran “a extraños”. Como si no fuera suficiente, en 1929 su hijo Jorge Mario, de sólo 7 años murió de forma súbita. Según la tradición oral, el niño contrajo tétano jugando muy cerca de una porqueriza. Ese año también sufre un embargo de un terreno por Jesús M. López, (posiblemente su hermano). El 26 de septiembre de 1932, otro huracán, esta vez llamado San Ciprián pasó por Puerto Rico con vientos 120 de millas por horas. Aunque el daño no fue tan extenso como San Felipe, los daños a la industria del café fueron nefastos. Apenas habían transcurridos 4 años del primero y comenzaba a reponerse la vegetación protectora de los cafetos que se reponían del embate de San Felipe, y crecían nuevos cafetos; quedando nuevamente destruida la cosecha. La posibilidad de pagar las deudas contraídas se esfumaba. Esta debacle coincidía con la Gran Depresión de Estados Unidos, lo que hacía más difícil la posibilidad de una recuperación económica. Durante la década de los 1930s Antonio y Estefanía se vieron obligados a entregar algunos de los niños de forma temporera a los primos para que pudieran proveerles alimento y vestimenta a cambio de trabajo. Mita tenía 8 años cuando fue llevada a casa de doña Matilde López de Victoria; prima de Antonio donde se ocuparía de labores domésticas. A los 6 años Miguel Ángel fue llevado a la casa de José del Carmen (Carmelo) López de Victoria. Este aún recuerda con gratitud que le dieron zapatos y ropa así como artículos para la escuela y algún juguete. La estancia duró alrededor de 2 años y luego estuvo de forma intermitente pues siempre gravitó hacia su familia natural. A pesar del afecto que se desarrolló con Carmelo y sus hijos; Miguel Ángel siempre quiso regresar con sus padres. Alrededor de los 12 años; se quedaría con ellos. En septiembre de 1934, Gerardo murió súbitamente víctima de una enfermedad cardiaca a los cincuenta y tres años; dejando huérfanos 5 hijos. Sus tierras fueron vendidas en pública subasta la mañana del 28 de julio de 1936 y compradas por Enrique Marchese quien ofreció por las 4 fincas $2, 600.00. Poco tiempo después Marchese donó algunas de las fincas compradas a 2 hijos de Gerardo, entonces menores de edad. Después de su muerte Antonio y Estefanía ya no recibieron más presiones para que se fueran de la finca. Los dueños subsiguientes; Francisco González y luego Delfín Pagan dejaron la familia viviendo en el lugar. Este último ocasionalmente dejaba un racimo de guineos a la puerta de la casa. 
Los hijos de Estefanía y Antonio tuvieron a su disponibilidad escuelas para educarse, aunque la distancia que recorrer para llegar a estas y el hambre de los niños no estimulaba el aprendizaje. En la escuela sin embargo, no faltaba alguna maestra caritativa como Esperanza Tomás que repartía de su casa verduras y huevos cocidos a los niños que no tenían que comer. El primogénito Genaro Antonio sólo llegó hasta sexto grado a pesar de su curiosidad intelectual; pues como hermano mayor debía ayudar a su padre. Sólo Elías y Miguel Angel alcanzaron un título universitario. Como familia tradicional, las hijas mujeres solo trabajaban en las labores “propias de su sexo”, o sea casándose y ocupándose de los trabajos domésticos; sin desarrollarse intelectualmente. La mayor de estas, Leonor, no pudo terminar la escuela a pesar de su interés; e igual ocurrió con Carmita. Esta última enfermó de su mente y vivió en seclusión hasta su fallecimiento. Las más jóvenes, Francisca y Catalina se graduaron de escuela superior; logrando Catalina un semestre de estudios universitarios después de casada. Al igual que Leonor, las dos dedicaron sus vidas a sus familias. 

Nuevos rumbos 
Al llegar la adolescencia o la temprana adultez, los hijos varones comenzaron a partir hacia San Juan en busca de oportunidades económicas. Era el deber implícito de los hermanos mayores ayudar a sus padres y abrir camino para los hermanos pequeños. El viaje se hacía en los camiones que llevaban chinas y productos agrícolas a la capital. No conocemos la fecha en que Vicente; el primero en partir, llegó a San Juan. Allí trabajó en un hotel de la capital y luego como vendedor ambulante de helados en Santurce hasta que la condición mental que padecía se recrudeció, permaneciendo recluido en una institución el resto de sus días. Guillermo partió a los 15 años; fracasando intencionalmente la escuela y convirtiendo el hecho en justificación para marcharse. En San Juan, el sacerdote y pariente Juan de Dios López de Victoria; entonces párroco de la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios y Catedral le consiguió un trabajo de limpieza en el templo y sus dependencias. Trabajó como limpiabotas, campanero, y además mostraba la catedral a los turistas, por lo que recibía algunas monedas. También vendía mesitas que hacía con madera que encontraba o pedía. Con 12 años, Elías siguió a su hermano Guillermo hasta San Juan para trabajar, pero fue devuelto por aquel, ya que Guillermo no podía hacerse cargo de él y hubiera permanecido solo en la ciudad. Desilusionado, regresó a la casa y continuó la escuela en la cual había tratado de fracasar. Entre los 13 y 14 años comenzó a vender el periódico El Imparcial; el cual se vendía a un precio de 3 centavos por un sueldo mensual de 3 dólares. Con el dinero ganado pagaba la matrícula semestral de $2.10 para la escuela y la mayor parte la utilizaban sus padres para los gastos de la familia. Entonces debía caminar el pueblo todos los días gritando las últimas noticias; en su mayoría sobre Pedro Albizu Campos y el partido nacionalista. El hijo mayor, Genaro Antonio, aún trabajaba en fincas de café de Lares por un salario de 60 centavos diarios; hasta que también partió a la capital. Nuevamente Juan de Dios los ayudó gestionándole trabajo de conserje en el Hospital de la Concepción de las hermanas en el Viejo San Juan. No conocemos sus experiencias de sobrevivencia, pero debieron ser similares a las de Vicente y Guillermo. Eventualmente Guillermo y Genaro Antonio conseguirían trabajo como marinos mercantes; ocupación que ejercieron durante su vidas. La ayuda económica de los hermanos mayores por vez primera proveyó a la familia una fuente de ingresos estable. Terminada la escuela superior; Elías obtuvo trabajo durante año y medio en la Works Progress Administration gracias a la prima María Antonia López de Victoria que lo recomendó para el mismo. Allí ganó el entonces jugoso salario de $27 mensuales. Con lo que logró ahorrar, sólo pudo estudiar un semestre en la Universidad. Terminado el dinero, regresó a Lares a hacer trabajo de limpieza y oficina en la mueblería del primo Salvador López de Victoria durante un año; alrededor de 1940. Terminada la faena, se quedaba en la oficina a leer el periódico y escribir alguna carta. Fue en un anuncio del periódico que leyó sobre una convocatoria para pilotos en la base de Aguadilla. Entonces escribió una carta a las autoridades en la base solicitando tomar el examen de piloto. Aunque aprobó los exámenes, su ingreso fue denegado hasta tanto aumentara de peso, por estar debajo del nivel requerido. Las posibilidades de lograrlo eran nulas por las condiciones de vida que sufría. Caminaba apesadumbrado por las instalaciones cuando decidió unirse a una larga fila de hombres que se había formado frente a un hangar. Entonces se dirigió a un norteamericano que supervisaba la fila; le dijo en inglés que buscaba trabajo y le mostró el resultado de los exámenes. Inmediatamente fue llamado a una oficina donde tomaron su información personal, obteniendo así un trabajo de listero o time keeper en la base. A partir de los 45 años la enfermedad de Antonio no le permitió continuar el trabajo fuerte que había llevado durante su vida con la familia de su tío; pero aún trabajaba en tareas livianas en el campo o tareas domésticas. Su presencia debió ser algo que se daba por sentando; y su cualidad de no quejarse hacían que pasara inadvertido. En muchas ocasiones Miguel Ángel; su hijo menor, lo acompañaba para ayudarlo. Hubo un día cuando debía bajar de la cocina hasta el batey un caldero grande lleno de comida para los cerdos y bajando la escalera, perdió el balance y rodó hasta el primer nivel con el caldero y la comida perdida. Aquel aún recuerda que la única preocupación de la matrona era la posible rotura del caldero y la comida perdida. Sus últimos 10 o 13 años de vida estuvo incapacitado para trabajar. Hacia el final de los años treinta la salud de Antonio se agravó, llevando a Estefanía a tomar precauciones en cuanto a la higiene cotidiana para prevenir enfermedades contagiosas de ella y sus hijos. Cada miembro de la familia debió tener su plato y herramienta de comer, que debieron ser manejados separadamente de los de Antonio. No poca cosa, cuando toda la limpieza se hacía con una barra de jabón y el agua debía traerse en latas de un pozo o sacarse de un dron con agua de lluvia que para entonces tenían. Alrededor de la década de los años 30 el abasto de agua mejoró cuando el gobierno instaló una toma de agua potable cerca de la escuela Aurelio Méndez; cuya agua se acarreaba y guardaba en el recipiente de metal. Cuando su condición se agravaba, Estefanía mandaba a uno de los niños al matadero para que le pidiera al matarife Dionicio (Nicio el carnicero) algún pedazo de carne y preparárselo a su esposo. Poco después Antonio fue diagnosticado con tuberculosis. Otra vez, el sacerdote Juan de Dios López de Victoria los ayudó, logrando que fuera internado en el Hospital de la Concepción, al cuidado de las monjas. Sin embargo Antonio tuvo que ser regresado con su familia, pues no se acostumbró a estar separado de los niños, particularmente de sus hijas menores Catalina y Francisca; a las que llamaba constantemente. El 7 de marzo de 1942 murió Antonio, luego de años de debilitamiento físico. Los preparativos funerarios recayeron sobre Elías que entonces tenía 21 años le toco cerrar sus ojos y hacerse cargo del entierro, ya que sus hermanos mayores se encontraban fuera de Lares. Ante la falta de recursos pidió dinero prestado para un lote en el cementerio y un sencillo ataúd de madera, forrado con tela negra. La caja llegó en un coche de transportación pública hasta la hasta la entrada de San Felipe y de allí llevada a pie hasta la humilde casa donde fue velado esa noche. Asistió al velatorio Antonia Alberti, viuda del primo Genaro López de Victoria. A pesar de su religiosidad, el cura del pueblo no recibió el cadáver en la iglesia; ni visitó la humilde casa, posiblemente por temor al contagio con la tuberculosis; o tal vez por la pobreza del difunto. Estefanía no asistió al sepelio. Estuvieron en el entierro mi padre, seis empleados del municipio que se turnaban para sostener el ataúd y algunos vecinos de San Felipe. Su tumba aún permanece en el cementerio municipal de Lares. Meses más tarde, el 11 de octubre Genaro Antonio compró un predio de terreno en las afueras del pueblo; en la entonces calle Comercio y la familia abandonó la casita donde vivieron por casi dos décadas. Miguel Ángel desmanteló la vivienda, conservando sus materiales durante muchos años. Posteriormente Estefanía, Genaro Antonio, Leonor, Carmita y Francisca se mudaron a Vega Alta donde Estefanía residiría hasta su muerte el 27 de mayo de 1968 a los 80 años. Antonio y Estefanía tuvieron que vivir tiempos muy difíciles. Su mayor reto fue lograr que todos su hijos llegaran a adultos, sin que murieran en la infancia. Pero eso no era suficiente. En una época de miseria material, dejaron en su descendencia un legado de principios morales y éticos que les ayudó a su crecimiento personal; que estos a su vez, se esforzaron en legar a sus hijos. Como esta pareja, miles de familias forjaron un Puerto Rico solidario, ejemplo a mirar al enfrentar los nuevos retos de una sociedad cambiante. 

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